"Lo único que me duele de morir, es que no sea de amor"
Gabriel García Márquez

martes, 24 de septiembre de 2013

este jueves un relato: abuela Pierina





Mi abuela Pierina desembarco una mañana de agosto con a penas 14 años de niñez y muchos de sufrimiento por tener que dejar su tierra. La bondad de la juventud la lleno de ilusión y se permitió, soñar. Su voz de soprano, pronto se hizo escuchar en toda la tierra bendita de un pueblo con aspiraciones de ciudad. Su madre le enseño todas las actividades que una buena mujer debía tener, cocinar, coser, bordar y callar, hasta la enseñanza oficial rudimentaria. Trabajar junto a los suyos debía ser su prioridad para el sustento diario de su pequeña y humilde familia.
Por esos días una compañía de zarzuela de la gran ciudad, estaba de paso por el pueblo, hospedados a unos pasos de la casa donde vivía Pierina. Un joven de buen talante la escucho una tarde, tan cautivado quedo con su bella voz, que invito a la familia a la representación.
La fiesta siguió entrada la madrugada, bailar fue el mejor de los acercamientos a una promesa de amor que se les prendió a sus corazones.
A el le fue negado el pedido de llevarla, no estaba bien visto que una niña se convirtiera en una publica actriz. Ante la deshonra, fue comprometida en matrimonio con un argentino pudiente veinte años mayor que ella.
Ni su sufrimiento, ni su futuro prometedor como cantante, y las suplicas desesperada torcieron el corazón de su madre.
Por muchos años ella hablo de un mar, de un barco, y el suspiro se le escapaba por los brotes de las arrugas que iban desencadenando el futuro. Pero antes de morir, tomada de mi pequeña mano, puede ver como sus ojos subían hasta un cuadro inexistente, donde el mar inquieto agitaba los corazones en un barco que partió segundos después y la escuche balbucear: "piano, piano si va lontano".



bailar, amar, ver, soñar y morir
esta permitido en casa de Alfredo



martes, 17 de septiembre de 2013

tiempo de compás


Mientras miro las extensas gotas que revolotean en el huracanado viento frío de un invierno, inhóspito. Me apodero de esta quietud, que me invita a conocer al gran personaje que llevo a cabalgar y voy cosiendo el tiempo de miles de separaciones que me hacen el resultado,  me debate, entre la culpa que no he sentido por lo que debí  y esa arriesgada manera de deseo, en el destierro por convicción. Y con lágrimas azucaradas, el alma que no tolera los perdigones desparramándose en el cuerpo, se va acurrucando al lado de un mar soñado.  Extiendo los brazos ante la nada de los días. Porque son  las miradas extendida con los ojos muy grandes las que me abren una rendija a las letras de otras historias. Y pienso en mi propia india blanca, en esta tarde, en esta tierra, y ya no maldigo a la prostituta esperanza que me toma por asalto en cada respiro. Pero este es un tiempo de compás, de conocer esa nueva musicalidad, la que me invitara a bailar.