Unas mariposas se desprendieron del vestido de Simona, revoloteaban cerca de sus ojos, expectantes de cubrirlos al momento de entrar al salón. Con la mirada húmeda, recorrió las mesas vestidas de manteles negros y volados en color rojo, flores blancas en labrados jarrones, adornaban el lugar junto a sus cómodas sillas altas. La disposición de los arreglos permitían ver un amplio espacio en el centro donde se deslizaban varias parejas al compás de la orquesta.
Simona, parada a la derecha de la puerta de entrada, miro el clavo como signo, referencia de la tristeza y alegría que se balanceaban en el perfecto conocimiento de la pasión. Permitió que los recuerdos le golpetearan el alma. Y sintió, por primera vez, que por nada del mundo se escondería de ella misma.
Una luz, guiaba sus manos, entrelazadas con los acordes de un vals, y, entre medias vueltas, la sonrisa de un abrazo bienhechor desarmo los antifaces, que al vuelo de las mariposas, volvieron con buen ritmo al vestido de Simona.
Mientras, un susurro, cálido y seguro le secreteaba en su oído: "bienvenida mi amor"









