Termine de ver esa película, la miro cada vez que me invade la nada,
como si ella me salvara y llevara a un lugar donde no pensar, o solo distraerme
de la misma falta. En realidad, ya no sé, quizás es para que me invada el sueño
y dejar pasar un día más. Porque los días en los últimos meses se han vuelto
tan igual, que a veces sospecho que despierto en el mismo.
Aunque esta vez no tenía ganas de ir a dormir, era tarde, la madrugada
quizás. Decidí salir a mirar la ciudad por mi balcón. Para mi asombro no se
veía nada, una neblina densa como una manta gigante había tapado al mundo y al
mío también.
Entonces… ahí estaba él, un caballo alado. Sin mediar palabras, me tomo
de la mano y me ayudo a montarlo. Me abrace a él, y me deje llevar, para mí fue
la puerta al paraíso o eternidad. Cuando advirtió que me sentía segura y sin
miedo, me pidió que abriera los brazos, y me dejara volar.
Desperté en el amanecer de una historia fantástica, la niebla seguía ahí,
densa, el caballo era parte de ella, pero yo, ya podía mirar y ver.
El vínculo de mirar y ver, ese lazo y el viaje, me gustó.
Unas hojas están esperando por mis musas, que se encontraban perdidas
con la niebla de mi interior.
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