Su voz melodiosa se esparcía
en la ciudad, fría, desierta.
Y ese claro de luna que asoma
acunaba su llegada.
Vi sus ojos, húmedos, sin distinguir su color
escuche su risa, de niño, en su cuerpo maduro
sus manos inspiradas
y el dolor de su orfandad.
Atrapado en el ciego mundo.
Lo enlazo a mis brazos con ternura
y el tiempo se halla rodeada a mi cintura
en una sola figura, la mía
la que va muriendo de penas
mientras la lejanía llora en los labios.